Elegir programas de liderazgo para directivos en empresas multinacionales

Liderazgo ejecutivo y desarrollo directivo: cómo elegir un programa de formación para multinacionales

Cierro la laptop de un golpe en una sala de reuniones de una torre en El Golf, en Las Condes, con dos respuestas al mismo correo abiertas en la pantalla del celular, una de mi gente en Santiago, otra del equipo en Bogotá, y ninguna de las dos parece hablar del mismo problema. Mandé el mismo texto, palabra por palabra, y volvieron dos lecturas completamente distintas. Ese es el problema real que ningún programa de liderazgo ejecutivo resuelve con una diapositiva bonita: dirigir equipos en varios países no es dirigir un solo equipo con acento distinto. Si estás evaluando formación para directivos en empresas multinacionales, la pregunta que importa no es qué universidad firma el diploma, sino si alguien pensó el programa para esa fricción, o si asume, como la mayoría, que tu gente trabaja bajo el mismo techo.

Dirigir gente en distintos países me dejó una lista corta de filtros, no una fórmula. Antes de mirar el temario reviso tres cosas: para qué contexto de gestión de equipos se diseñó el programa, quién lo enseña, y qué le queda al grupo un mes después de la última sesión de desarrollo directivo. Si un curso no responde bien a esas tres preguntas, da lo mismo cuánto cueste, y algunos cuestan lo que un fin de semana largo en Mendoza, otros lo que un auto usado.

Antes del temario, revisa para qué gestión de equipos se diseñó el programa

La pregunta de fit, si el programa calza con el equipo que realmente tenés, aplica siempre, pero en una multinacional se multiplica por cada país donde operás. Un esquema de liderazgo situacional que funciona con un equipo en Santiago puede sonar condescendiente en Bogotá o directamente fuera de lugar en un centro de distribución en México. Lo mismo pasa con la rotación de inventario: la lógica que usás para decidir cuándo bajar precio en una góndola en Chile no es la misma que aplica un gerente de bodega en otro país, aunque el manual corporativo diga que sí.

Las guías de liderazgo que se venden en las librerías de aeropuerto prometen una receta universal, y ahí está el primer filtro que aplico: si el contenido no distingue entre gestionar una oficina de una sola sede y coordinar turnos de cierre en tres husos horarios, lo descarto antes de terminar el índice. El tiempo que pasé dirigiendo equipos repartidos en distintos países me enseñó que la cultura del feedback directo que funciona en una oficina de Seattle puede reventar la moral de un equipo en Santiago si nadie se toma el trabajo de traducirla.

En estructuras tan grandes, el límite de relaciones que alguien puede sostener con sentido, lo que se conoce como el número de Dunbar, se pasa a llevar todo el tiempo, y ningún organigrama lo arregla. Un programa que vale la pena te enseña a manejar redes de influencia reales, no a memorizar la cadena de mando.

Guía de aeropuerto sobre liderazgo, símbolo de la formación genérica que no resuelve la gestión de equipos multinacionales

El mismo esquema no funciona igual para una oficina en Seattle que para una tienda en Lima

El modelo 70-20-10 explica bastante bien por qué la mayoría de estos programas cojean: el grueso del aprendizaje de un directivo sale de la experiencia directa en el trabajo, una porción menor de la interacción con otros pares, y solo una fracción chica de la formación formal en sí. Si el curso que estás mirando ofrece horas y horas de videos pero no tiene ningún anclaje en tu reunión de los lunes, buena parte de esa plata se va a evaporar antes del cierre de mes, y ahí está la razón de fondo de por qué los cursos de liderazgo tradicionales fallan en retail: enseñan la teoría sin dejar ningún puente hacia el lunes real.

Los programas que sí aportan algo se notan porque priorizan la toma de decisiones bajo presión por sobre la inspiración. En mi experiencia, ahí es donde más rápido se ve si el contenido sirve o es puro discurso. Guardo esas comparaciones en un cuaderno de tapa dura que tengo siempre abierto junto al teclado, en un escritorio que ya tiene más de una marca de taza de café encima; la ventana de al lado da a los techos de Ñuñoa y, cuando el día está despejado, se alcanza a ver la cordillera de fondo.

Cuaderno de notas con el esquema 70-20-10 usado para evaluar programas de liderazgo ejecutivo

El instructor que nunca tuvo que explicar una caída de ventas

Existe la tentación de elegir por el ranking de la escuela que dicta el programa, y ahí es donde más plata he visto perder a colegas. Loreto Pereira, amiga de hace años y consultora de recursos humanos independiente, tiene lista una opinión sobre cualquier certificadora internacional que le nombres, y nunca se la guarda. Su filtro favorito es preguntar quién del cuerpo docente tuvo que responder por un mal resultado ante un directorio, no solo enseñarlo en una diapositiva. Algunos programas meten en el folleto una mención a la norma ISO 9001:2015 para sonar serios, como si una certificación de calidad garantizara que el instructor entiende lo que es una negociación con un proveedor atrasado tres semanas.

Cuando comparo programas, lo hago con el mismo criterio que usaba para negociar con un proveedor de última milla: reviso quién enseña de verdad, huyo de instructores que solo han sido coach y nunca han tenido que dar la cara por una caída de ventas ante un comité regional, y reviso si el esquema se adapta a distintos husos horarios y culturas de trabajo, o si es una talla única disfrazada de flexible. En esa segunda parte me quemé una vez tratando de instalar Scrum en operaciones de retail sin ajustar la cadencia a la realidad de las tiendas: la ceremonia diaria que funciona en un equipo de software se vuelve un trámite vacío cuando tu gente tiene que abrir la tienda, atender clientes y cerrar caja a la misma hora en que se suponía debía estar en la reunión. Duró menos de un mes antes de que el propio equipo lo abandonara sin pedirme permiso.

La tercera pregunta es qué pasa al mes de terminado el curso: sin seguimiento práctico, el conocimiento se evapora antes del próximo cierre de mes, no importa cuán bueno haya sido el taller en el momento. Si venís recién saliendo de un rol técnico para liderar gente, la lógica de elegir programa cambia bastante, pero esa es una comparación para otro artículo. En compañías con mucha rotación, el accountability real se juega distinto, y ahí conviene mirar un programa pensado específicamente para ese problema en vez de estirar este mismo criterio.

Coaching, mentoring y otras etiquetas que se mezclan en el folleto

Otro filtro que uso: coaching y mentoring no son lo mismo, aunque el mismo folleto los use como sinónimos para sonar más completo. Programas que citan un modelo de coaching sin haberlo puesto a prueba en una reunión real no cuentan como formación, por bien que se vea el diagrama. Lo mismo pasa con el feedback estructurado: ayuda, pero solo si te enseñan a darlo con un proveedor furioso al teléfono y no solo en un ejercicio de rol tranquilo entre compañeros de curso.

La inteligencia emocional aparece en casi todos los temarios de esta categoría, y pocos explican cómo se ve un lunes en que el informe salió mal y tenés que dar la cara igual. Los programas que sí incluyen práctica simulada, un caso real jugado en vivo, no un PDF para leer en la casa, son los que mejor sobreviven al primer mes, porque el error se comete ahí, en la sala, y no en la reunión real con tu gente.

Exige que el seguimiento llegue hasta el lunes siguiente

Pilar Carvajal, que me escribe seguido y trabaja como jefa de proyecto en el sector financiero, lo resumió mejor que cualquier consultor: no importa lo que el programa prometa en el folleto si tu propia empresa no va a soltar tiempo real para que apliques nada de eso después. Esa distancia entre lo que el programa vende y lo que tu empresa realmente va a respaldar durante la aplicación es, para mí, el filtro final, más importante que el nombre del instructor o el logo de la escuela.

He ido dejando comparaciones de varios de estos programas a medida que los pruebo, incluyendo unas opiniones sobre la Academia de Liderazgo NCL tras probarla en reuniones reales, y lo que se repite en todas es lo mismo: el valor está en lo que sobrevive al primer lunes de caos, no en el diploma que vas a colgar en la oficina. Elegir formación para directivos en empresas multinacionales no es un ejercicio de prestigio, es una decisión logística sobre qué herramientas te vas a llevar la próxima vez que tengas que resolver un problema real a varios husos horarios de distancia, con dos equipos leyendo el mismo mensaje de maneras distintas.