
Hacia mediados de diciembre, mientras el calor de Santiago empezaba a apretar y el zumbido constante del aire acondicionado en mi oficina intentaba silenciar el caos de una implementación regional, me encontré sosteniendo un manual de liderazgo que había comprado en un aeropuerto. Era el quinto libro de ese tipo en el año. Lo miré y luego miré mi pantalla: tenía tres ventanas de Zoom abiertas con equipos en Lima, Bogotá y São Paulo. Intentaba explicar un KPI crítico de última milla a gente que hablaba tres idiomas distintos (si contamos el 'corporativo' como uno) y que vivía en 3 husos horarios coordinados simultáneamente. En ese momento, las frases inspiradoras del libro se sintieron como tratar de apagar un incendio en un centro de distribución con un vaso de agua.
El cansancio de los libros de aeropuerto
Después de once años como jefe de proyecto en una multinacional de retail, uno desarrolla un detector de mentiras bastante sensible. Gestioné equipos de entre 8 y 15 personas, y te aseguro que cuando tenés que coordinar la logística de cuatro países con equipos bajo mando directo, lo último que necesitás es que alguien te hable del 'color de tu energía'. Necesitás saber cómo evitar que el supervisor de despacho renuncie un martes a las seis de la tarde porque la planificación de turnos colapsó con la nueva ley de 40 horas en Chile.
Dejé mi cargo en 2024. No fue un arrebato, fue un diagnóstico: me di cuenta de que estaba aplicando recetas que nunca habían pasado la prueba de un lunes por la mañana. Muchos de estos gurús de liderazgo, esos que llenan auditorios en Providencia o Las Condes, nunca han tenido que dar una mala noticia un viernes por la tarde, sabiendo que esa decisión va a afectar el fin de semana de cincuenta familias. Por eso, cuando decidí dedicarme a revisar qué programas de formación valen la pena, lo hice con la mentalidad de quien revisa un contrato de transporte: buscando la letra chica, las cláusulas de incumplimiento y, sobre todo, la capacidad de respuesta ante lo inesperado.

Cómo filtrar el ruido: el checklist de un ex-retailer
Si llevás una década o más dirigiendo gente, ya no estás para que te enseñen a hacer un gráfico de Gantt. Lo que buscás es algo que exponga tus vicios. Todos los tenemos. El mío era la microgestión en momentos de estrés logístico; otros tienen la incapacidad de delegar la última palabra en la negociación con proveedores. Al buscar un programa hoy, mi primer filtro es la procedencia del instructor. Si solo ha sido consultor o 'coach certificado', paso. Busco gente que haya tenido que responder por un P&L (Estado de Resultados) o que haya manejado el inventario de una operación real.
Durante las calurosas tardes de enero, me dediqué a desmenuzar las mallas curriculares de varias academias que hoy suenan mucho en Latinoamérica. Me fijé en si mencionaban el manejo del conflicto real. El turnover en mandos medios de retail en LATAM suele ser superior al 20% anual; si el curso no te enseña a construir resiliencia en un equipo que cambia cada seis meses, no te sirve de nada. Es como comprar un software de gestión de almacenes que no permite devoluciones: estás comprando un problema a futuro.
Un buen programa para seniors no debería prometerte que serás el próximo Steve Jobs. Debería prometerte que, la próxima vez que el sistema de picking falle en plena temporada alta, vas a saber cómo mantener a tus 15 reportes directos enfocados sin que terminen odiándose entre ellos. Buscamos herramientas que sobrevivan al contacto con la realidad, no slides bonitos.
La prueba de fuego: de la teoría al piso de venta
Hace apenas unas semanas, tuve la oportunidad de poner a prueba lo que venía estudiando. Aunque ya no estoy en la multinacional, mis antiguos supervisores todavía me escriben. Uno de ellos, en Lima, me llamó desesperado por una crisis de comunicación en el equipo de despacho. Recordé un módulo sobre liderazgo adaptativo que había revisado recientemente en la academia NCL (New Club of Leaders). En lugar de darle el típico consejo de 'escucha activa' que te dan en cualquier taller básico, le sugerí aplicar una técnica de 'exposición de vicios' mutuos en la reunión de seguridad.
Fue un riesgo. En una reunión real, frente a gente que ha dormido poco y tiene metas de despacho imposibles, la teoría suele morir rápido. Pero funcionó. El ruido en la comunicación bajó de inmediato porque no se enfocaron en ser 'mejores líderes', sino en identificar dónde estaban fallando como nodos de una red logística. Esa es la diferencia entre un curso que te vende humo y uno que entiende la fricción del trabajo diario. Si estás liderando gente a distancia, sabés que cada minuto de malentendido en un chat de equipo se traduce en horas de retraso en la cadena de suministro. Para profundizar en esto, hace un tiempo escribí sobre los mejores cursos de liderazgo para gerentes con equipos remotos, basándome precisamente en esa necesidad de claridad absoluta.

Por qué NCL y qué sobrevivió al primer mes
Muchos me preguntan por NCL porque es lo que más está sonando en los pasillos corporativos de Santiago y Bogotá. Lo que me llamó la atención, comparándolo como quien compara un proveedor de última milla, es su enfoque en entornos volátiles. El liderazgo adaptativo no es una frase nueva, pero la forma en que lo bajan a tierra —considerando la realidad de que hoy un jefe tiene menos tiempo que nunca— es lo que me hizo quedarme revisando su propuesta.
Lo que sobrevivió a mi 'mes de prueba' (ese periodo donde uno decide si borra los apuntes o los guarda en la libreta verde de cosas útiles) fue su metodología para gestionar la deslealtad sistémica. No hablo de traición, hablo de cuando la estructura de la empresa te empuja a fallarle a tu equipo. Si un programa de liderazgo no reconoce que a veces la empresa es el obstáculo, no es honesto. NCL lo reconoce. En retail, esto es pan de cada día: te piden eficiencia extrema pero no te dan las herramientas. Aprender a navegar esa brecha sin quemar a tu gente es lo que separa a un jefe de un director de orquesta en medio de un terremoto.
El criterio final: busca quien te exponga, no quien te aplauda
Si estás en ese punto de tu carrera donde ya pasaste por tres o cuatro multinacionales y sabés lo que es coordinar equipos en cuatro países distintos, tu tiempo vale más que cualquier certificación para colgar en LinkedIn. Mi consejo es simple: olvídate de buscar prestigio académico. Los mejores programas no son los que te enseñan a mandar —eso ya lo sabés hacer, bien o mal—, sino los que exponen tus vicios directivos de forma cruda.
Buscá programas que entiendan el agotamiento. Ese cansancio de quien ya estuvo del otro lado de la mesa, de quien ha pasado domingos revisando proyecciones de venta para el lunes. El liderazgo real no se trata de tener todas las respuestas, sino de saber qué preguntas hacer cuando el plan original se cae a pedazos a las nueve de la mañana. Al final del día, el mejor curso es aquel que, después de terminarlo, te hace mirar a tu equipo y entender que el problema no era la falta de 'mindset', sino la falta de herramientas tácticas para manejar la realidad de un mercado que no espera a nadie.